Prólogo
Mi vida no es mejor ni peor que la de nadie. Es simplemente eso, una vida. Como la de cualquier otro, mi vida también comenzó dándome disgustos. Bien podía aquel simpático “matasanos” haberse guardado esas manos frías en los bolsillos de su impecable bata blanca. A partir de ese instante en que sentí el frio golpe de la vida, las cosas no han dejado de ir, algunas bien y otras mal, pero en ambos casos las he dejado fluir con total libertad.
Bien es cierto que ya desde pequeño te das cuenta de que la vida está llena de injusticias. Sino que se lo digan al niño que no puede comerse una piruleta antes de comer porque “después no come la comida”. Lo que no sabes de pequeño es que, a medida que te vas haciendo mayor, las injusticias si bien no parecen ser más frecuentes, si que alcanzan unos límites exagerados. Hemos pasado de que la mayor injusticia es que un señor con bata blanca nos pegue unos azotes sin haber cometido ningún delito a ver como, por obra y gracia de sabe dios quién, el mundo sea un vulgar estercolero dónde el más mínimo atisbo de bondad es exaltado como si de un bien preciado se tratase.
Así es este mundo. Lleno de miserias y de virtudes. De bondad y maldad. Creo que todo el mundo tendrá su propia opinión de lo que es bueno y malo, y por ello entenderán que son conceptos que no pueden existir el uno sin el otro. Sin un referente del “bien” no podemos apreciar las cosas que están mal, y viceversa. Pero esta dualidad me lleva a pensar que ambos son necesarios, “bien” y “mal”, “mal” y “bien”. Ambos conceptos necesariamente van de la mano y nos obligan a etiquetar las acciones de cada individuo, aunque por norma general se acabe etiquetando a los individuos, no a sus acciones. Es mucho más cómodo para nosotros. Así conseguimos que una persona que realiza una mala acción, pase a ser una persona mala, sin pararnos a pensar en si esa acción tiene justificación e incluso, lo que es más importante, si esa acción es realmente mala. A fin de cuentas, ¿quién decide lo que está mal y lo que está bien?. La respuesta es sencilla. La sociedad. Dueña y señora de la capacidad de juzgar y, sobre todo, de prejuzgar. Por mucho que nos lo pinten de otra forma, el deporte nacional es “juzgar”. Fulanito puede ser albañil y juez al mismo tiempo, Menganita será directora de recursos humanos y juez. Es ley de vida. La sociedad es como un jurado popular, o sino párate a pensar en si alguna vez te has sentido juzgado por una mirada inquisidora. Probablemente ya conozco la respuesta.
Aún a riesgo de sentirme juez por un momento, me gustaría decir que gran parte de la culpa de los problemas sociales más básicos, relacionados mayormente con la educación, vienen derivados del uso de la televisión como ese aparato que ayuda a los padres a mantener tranquilos a sus hijos durante unas horas. Esos mismos padres que ahora se escandalizan por ver a sus hijos delante del televisor viendo “Shin-chan”. Son esos mismos que no se escandalizan si en lugar de ese “Shin-chan” vieran a un tal “Jackie Chan”. A fin de cuentas, cómo son sus hijos, ellos deciden qué pueden ver y qué no. Había que exigirles un carnet que certifique que son aptos para educar a un hijo. No olvidemos que los hijos cualquiera, salvo causas de fuerza mayor, puede tenerlos, pero son muy pocos los que son realmente capaces de educarlos. Cada vez estoy más convencido de que la mayoría de los padres intentan educar a sus hijos como si fuesen perros, por muy bruto que parezca. A los hechos me remito. Vas por la calle y ves a alguien gritándole a su perro y dándole unos azotes, y poco después ves a otra persona gritándole a su hijo y dándole unos azotes. ¿Quién no se ha encontrado con esa estampa en algún momento de su vida?
En este mundo vivimos, lleno de días soleados y grises. Con hechos que encogen tu corazón de ternura y otros de rabia. Por eso, y como alguien dijo alguna vez, que paren esto que yo me bajo.

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